El agua del mar está fría. Tirarse de cabeza en ella es entregarse a la mar desde la más pura confianza. Vestidos de agua de los pies a la cabeza. Confiando con frío y flotando con atención, el mar es de los pocos que nos ofrece calma mientras nos hacemos el muerto boca arriba.
No hay nada más costoso, y a la vez más sanador, que sumergirnos en nuestras propias sombras. Nuestro cuerpo conoce de este dolor, porque es sabio, y se arma de complejas corazas y armaduras para impedirnos retroceder a lo oscuro y mantenernos así alejados de la vulnerabilidad que allí se aloja. Unos mecanismos de defensa que nos apartan del dolor del pasado a la vez que nos aíslan de la vida del presente, cayendo así en el vacío del tiempo.
Cuando hablo de las sombras me refiero al dolor por lo necesitado, lo reprimido, lo frustrado, lo insatisfecho en la infancia. Tienen que ver con el abrazo no sentido o la mirada no recibida. También con las cargas soportadas, el reconocimiento no obtenido, los miedos no cuidados, las responsabilidades asumidas, el sentimiento de desarraigo y la soledad. Tienen que ver con la sed de amor no saciada, con el miedo a ser, y a no ser visto.
Sumergirnos en nuestras sombras pasa por acercarnos a la herida, para volver a sentir ese escozor que necesita ser aliviado. Pasa por transitar la vulnerabilidad y aprender a contemplarla como una opción desde la que vincularnos con los otros. El camino no es fácil, hay que atravesar fuertes barreras y protecciones para poder llegar a los sentimientos de culpa, soledad, tristeza… y posteriormente a ese dolor punzante, limpio, concreto, sin artificios que nos mantiene sostenidos en la respiración y en la nada.
Existe el miedo a que este viaje pueda convertirse en un mar salvaje en el que morir ahogados. Pero en verdad las sirenas no son tan malvadas como dibuja el mito. La probabilidad de escucharlas y morir en sus brazos no es tan grande como el miedo que tenemos a que esto ocurra. Este miedo no es más que otra de las defensas de nuestra mente. Las sirenas son jodidas, sí, pero atravesar la belleza de sus cantos y acercarnos al dolor que subyace es uno paso imprescindible del camino.
A todos nos cuesta este viaje. A mí me cuesta. A mí me duele. Pero más me duele la soledad que ofrece estar en este mundo desde las corazas y las artimañas con las que se protege mi ego. Es un camino hacia las sombras que me llena de luz, de tranquilidad, de paz y de contacto sincero con los otros. Cuando veo mi dolor puedo cuidarme, puedo pedirle al otro sin exigirle que calme una sed de amor que no le corresponde. Acercarme al dolor de mi pasado me permite vincularme con el mundo sin exigencias ni máscaras, me permite ser desde otra parte de mí, conmigo.
Porque estoy en este camino, te animo a que te embarques en este viaje. Y que lo hagas desde el autocuidado y el respeto hacia tu propio miedo. Sé de primera mano que las corazas son pesadas, pero es importante no olvidar que nos permitieron sobrevivir en el territorio hostil y abrupto de la tierna infancia. Desnúdate despacio y permite así a tu cuerpo que se autorregule.
No hay prisa, tenemos tiempo. Billones de trillones de milésimas de segundo para acercarnos a nosotros y abrazarnos. El presente hecho instante.
Alejandro Peñalba Gómez
Psicólogo y Psicoterapeuta Gestalt