Todos, en algún momento, nos hemos sentido inquietos, desazonados, nerviosos, impacientes, angustiados… Nuestro día a día nos plantea múltiples situaciones en donde estas sensaciones de nerviosismo e inquietud se extienden y proliferan en mayor o menor medida.
Sentir cierta ansiedad es algo natural y habitual en la especie humana. Se trata de un mecanismo adaptativo que prepara física y mentalmente a la persona para superar un obstáculo o adversidad. Pero, ¿qué determina que se convierta en una ansiedad patológica?
Ansiedad “Normal” vs Ansiedad Patológica
Como hemos señalado antes, la ansiedad forma parte del abanico de mecanismos de los que disponemos para enfrentar situaciones amenazantes y posibilitar nuestra supervivencia y adaptación al entorno. Pero a diferencia de una respuesta ansiosa adaptativa, en la neurosis o patología de la ansiedad el peligro no está presente, se trata de una recreación fantaseada de un suceso futuro que es anticipado y exagerado.
Veamos la siguiente gráfica para entender el papel que juega la ansiedad y cuando pasa a considerarse patológica:
Como podemos observar en la imagen, una intensidad normal de la ansiedad constituye un estimulante o elemento motivador para realizar una acción óptima con un mayor rendimiento. Sin embargo, la ansiedad patológica actúa interfiriendo el rendimiento en las tareas del individuo y su vida en general así como los vínculos y relaciones que establece con su entorno.
Lo que ocurre con la ansiedad patológica es que el cuerpo genera un gasto energético, físico, mental y emocional, que es innecesario para el presente de la persona. Cuando este gasto energético se mantiene persistente y constante durante el tiempo suficiente el sujeto empieza a sentir la parálisis del organismo, la detención de los mecanismos fisiológicos y funcionales que le permiten adaptarse al entorno y se produce así lo que se conoce como neurosis ansiosa.
¿CÓMO OCURRE ESTO? ¿QUÉ DESENCADENA ESTA RESPUESTA EN EL ORGANISMO?
Ante una “posible” amenaza se origina una activación en la amígdala (la amígdala forma parte del sistema límbico, y su papel principal es el procesamiento y almacenamiento de reacciones emocionales) la cual libera mensajes neuroquímos que hacen que el organismo se prepare para adaptarse a la nueva situación de “peligro”, aumentando con ello la presión sanguínea, la frecuencia cardiaca y respiratoria, dilatándose las pupilas…
La hormona que es secretada por la amígdala y que recorre nuestro sistema nervioso para activar la respuesta de lucha o huida de nuestro organismo se llama cortisol. Es importante recordar el nombre de esta hormona porque también está presente en los estados de depresión y conocer su funcionamiento nos permite entender por qué los estados de ansiedad fuertes y persistentes pueden desarrollar episodios o estados depresivos en las personas.
Podemos decir que la ansiedad no es más que un estado corporal, y que el sentimiento o efecto de la ansiedad es la representación que el cerebro se hace del paisaje corporal modificado en este estado. Por otro lado, la percepción de todos los cambios que comprende la respuesta corporal constituye el sentimiento de ansiedad.
¿QUÉ RELACIÓN EXISTE ENTRE LA NECESIDAD DE CONTROL Y LA ANSIEDAD?
Las personas que sufren fuertes episodios de ansiedad tienen la convicción de que sólo el control de la situación va a determinar su propia tranquilidad y regulación organísmica.
"Controlar mi presente y mi realidad me va permitir no volver a caer en los vacíos de mi pasado".
Sin embargo, en la vida de toda persona es necesaria cierta sensación de descontrol, libertad, indeterminación e incertidumbre para no quedar atrapados en una permanente solicitud interna de control del futuro y caer presos de un sentimiento de angustia constante al no poder controlar absolutamente nuestra realidad.
Por así decirlo, la búsqueda constante de seguridad y control del futuro puede conllevar una angustia permanente. Como señala Ignacio Peña, “fantasmas del pasado que se entrometen en la planificación futura”.
De esta forma, trabajar y permitirnos la espontaneidad y la improvisación nos ofrece más seguridad, echando mano de los recursos presentes y sacando el máximo partido de lo que ya tenemos en vez de buscar lo que nos haría falta.
Puede sonar sencillo, pero en realidad no lo es, y las personas que sufren ansiedad son conscientes de este desafío. Nuestros cuerpos de niño aprendieron a controlar su entorno y circunstancias para sobrevivir en dichas situaciones. Aprendimos una serie de mecanismos neuróticos de control que nos permitieron la supervivencia. Como adultos, es nuestra tarea aproximarnos al dolor de nuestra infancia para poder entender la situación con una mente madura y hacernos cargo de las necesidades que le quedaron por cubrir a nuestro infante. La tarea no es fácil y el camino no siempre es reconfortante, pero es imprescindible para encontrar en nosotros mismos esa estabilidad y paz que nos calme y nos sacie.
Alejandro Peñalba Gómez
Psicólogo y Psicoterapeuta Gestalt